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miércoles, 9 de julio de 2008

CONDECORADO -- GUY DE MAUPASSANT -- CRIMENES DEL AMOR

CONDECORADO -- GUY DE MAUPASSANT -- CRIMENES DEL AMOR

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CONDECORADO

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Hay personas que nacen con un instinto, una vocación o, sencillamente, un deseo especial que despierta en cuanto principian a balbucir y a pensar.
El señor Sacrement, desde su infancia, tuvo una idea fija: ser condecorado. Muy niño aún, prefería siempre a los quepis, a los fusiles y espadas, las cruces de la Legión de Honor, hechas de plomo, y saludando a su mamá como un caballero, arqueaba mucho el pecho para lucir el colgajo.
No bastándole su aplicación -o su inteligencia- para conseguir el título de bachiller y queriendo emplear en algo su vida, siendo rico pudo casarse con una hermosa muchacha.
Vivían en París como burgueses distinguidos, pero sin trato social, orgullosos de conocer a un diputado, a su entender futuro ministro, y a dos o tres jefes de sección.
Pero la idea fija que Sacrement concibió en su infancia no lo abandonaba, y sentíase humillado no pudiendo lucir en el ojal de su levita el menudo lazo rojo.
Los caballeros condecorados que se cruzaban con Sacrement en el bulevar lo angustiaban. Al mirar sus ojales adornados, lo roía un desasosiego celoso. Algunas tardes, mientras paseaba sus constantes ocios, se decía:
"A ver cuántos encuentro desde la Magdalena hasta la calle Drouot".
Despacio, inspeccionaba todos los pechos con ojos perspicaces, muy acostumbrados a descubrir la cinta roja desde lejos. Llegando al fin de su camino, se asombraba siempre de las cifras.
"¡Nueve oficiales y dieciséis caballeros! ¡Me resultan muchos! ¡Prodigan estúpidamente las condecoraciones! A ver cuántos encuentro ahora".
Y volvía lentamente, desesperándose cuando una muchedumbre apresurada interrumpía su minuciosa investigación, haciéndole tal vez pasar alguno por alto.
Sabía en qué barrios abundan más. En el del Palais Royal son frecuentes. En la avenida de la Opera no hay tantos como en la calle de la Paz. La derecha del bulevar está mejor frecuentada que la izquierda.
También era indudable que los condecorados preferían ciertos cafés y ciertos espectáculos. Cuando el señor Sacrement veía un grupo de señores de cierta edad, parados en las aceras, interrumpiendo el paso, imaginaba:
"Son oficiales de la Legión de Honor".
Y lanzábase al arrollo con deseo de saludarlos.
Los oficiales -había hecho esta observación mil veces- tienen otro porte que los sencillos caballeros; yerguen la cabeza de un modo particular. A la legua se nota que su categoría es muy diferente, que disfrutan de una consideración más elevada.
En algunas ocasiones también le acometía el furor contra todos los condecorados, manifestando una especie de odio socialista.
Y al volver a su casa, rabioso de haberse tropezado con tantísimo cintajo -como lo estaría un hambriento después de pasar frente a las vitrinas llenas de manjares- decía descomponiéndose de gesto y de voz:
-¿Cuándo nos veremos libres de un Gobierno tan cochino?
Su mujer, sorprendida, le preguntaba:
-¿Qué te sucede?
Y él respondía:
-Me sucede, que ya estoy harto de ver tanta injusticia. ¡Oh, cuánta razón tenían los comunalistas!
Después de comer salía... y se paraba, contemplando las cruces en los escaparates de los comercios. Detenidamente, iba examinando todos aquellos emblemas de formas distintas y variados colores. Hubiera querido tenerlas todas y, en una ceremonia pública, en un salón inmenso, ante una muchedumbre maravillada, lucirlas a la cabeza de un cortejo prendidas todas en los delanteros de una casaca, resplandeciendo como una estrella y entre los rumores de admiración y respeto.
Pero ¡ay! ¡No tenía un miserable título que lo hiciese acreedor a ser condecorado!
Meditaba:
"La Legión de honor es muy difícil de conseguir para un hombre que no desempeña cargos públicos. ¿Y si me propusiera obtener las Palmas académicas?".
No sabiendo cómo intentarlo, confió a su mujer aquellos proyectos. Al oírlo, quedose la señora estupefacta.
-¿Oficial de Academia, tú?... ¿Qué méritos hiciste?
Él se descompuso:
-¡Precisamente! Quiero saber qué méritos he de hacer para lograrlo. Antes de contestar, reflexiona lo que te dicen. Hay momentos en que pareces una estúpida.
Ella sonrió:
-Es verdad. Pero ignoro eso que tú no sabes tampoco.
Él llevaba su propósito:
-Si lo preguntases al diputado Rosselin, acaso nos diese una idea luminosa. Comprenderás que no sería decoroso en mí abordar esas conversaciones. En cambio, una mujer puede preguntarlo todo; a nadie le extraña.
La señora cumplió el encargo. El diputado Rosselin prometió recomendar el asunto al ministro. Y como el señor Sacrement no lo dejaba en paz, el diputado Rosselin, harto de soportar sus impertinencias, le dijo que hiciera una instancia enumerando sus méritos.
¿Qué méritos? Era preciso justificar algunos.
Y preparó un folleto acerca del Derecho del pueblo a ser instruido. No lo pudo acabar por falta de conocimientos.
Buscó asuntos más fáciles, intentando sucesivamente dos o tres. El primero: Instrucción de los niños por la simple vista. Proponía que se fundaran en los barrios pobres una especie de teatros gratuitos para las criaturas. Los padres los acompañarían desde la más tierna edad, y valiéndose de proyecciones de linterna mágica, se les facilitarían las nociones de todos los conocimientos humanos. Los ojos, instruyendo al cerebro, fijarían las imágenes en la memoria.
¿No sería bien sencillo enseñar así Historia, Geografía, Botánica, Física, Zoología, Anatomía, etc.?
Hizo imprimir el folleto y envió un ejemplar a cada diputado, diez a cada ministro, cincuenta al presidente de la República, diez a los diarios de París y cinco a los de provincias.
En otro estudio, trató de las Bibliotecas ambulantes, proponiendo al Estado la fundación de un servicio a domicilio, hecho en carros muy semejantes a los que llevan los verduleros y fruteros.
Cada ciudadano tendría derecho a que le sirvieran para su lectura diez volúmenes mensuales, pagando cinco céntimos nada más.
"El pueblo -sostenía el señor Sacrement en su folleto- sólo se molesta para sus placeres. Puesto que no busca la instrucción, la instrucción ha de ir a buscarle".
Nadie se ocupó de sus opúsculos. Pero el autor hizo su instancia y le contestaron diciendo que se tomaría nota y se instruiría el expediente.
Aguardó creyéndolo cosa hecha...
Nada le comunicaban.
Dicidiose a presentarse y solicitó audiencia del ministro de Instrucción Pública. Fue recibido por un oficial de secretaría, el cual auguró al solicitante que su pretensión era bien acogida y que la fortaleciese con estudios nuevos y nuevas publicaciones. Así lo hizo el señor Sacrement.
Al mismo tiempo, el diputado Rosselin -que por lo visto iba interesándose ya por su gloria- le dio algunos consejos prácticos y excelentes. También él estaba condecorado, lucía en el ojal un lacito rojo, sin haberse dado cuenta de los motivos que determinaron una distinción tan apetecida.
El diputado Rosselin, frecuentando mucho la casa del señor Sacrement, le indicó estudios nuevos y lo presentó en sociedades especialmente consagradas a dilucidar oscuros problemas científicos para obtener honoríficas recompensas. Hasta en el Ministerio lo apadrinó.
Y un día que almorzaba con el matrimonio -lo cual era ya frecuente-, dijo el diputado Rosselin al señor Sacrement, estrechándole una mano:
He conseguido para usted algo de mucha importancia. El Comité de trabajos históricos le comisiona para que busque documentos relativos a un asunto en varias bibliotecas de Francia.
El señor Sacrement, emocionado, ya no pudo seguir comiendo.
A los ocho días emprendió su viaje.
Fue de ciudad en ciudad estudiando los catálogos, rebuscando en los desvanes de las bibliotecas atestados de librotes polvorientos, víctima de la odiosidad de los bibliotecarios.
Pero hallándose en Ruán una noche, sintió de pronto ansias de acariciar a su mujer, y tomó el tren de las nueve, que le permitiría llegar antes del amanecer a su casa.
Llevaba una llave de la puerta. Entró con sigilo, estremeciéndose de placer, gozoso de la sorpresa que preparaba. Su mujer se había cerrado por dentro en su alcoba. ¡Qué fastidio!
Entonces el señor Sacrement gritó, golpeando la puerta:
-¡Yo soy! ¡Juana!
Ella debió de sentir una impresión muy terrible, porque la oyó saltar de la cama y hablar en voz alta como cuando se padece una pesadilla. Luego, entró en su tocador, abriéndolo y cerrándolo precipitadamente, hizo muchas evoluciones por el cuarto, yendo y viniendo con los pies desnudos.
Al fin, preguntó:
-¿De veras eres tú, Alejandro?
-Sí, mujer; yo soy. ¡Abre!
Abriose la puerta, y la mujer se arrojó en brazos del marido, balbuciendo:
-¡Ah! ¡Qué miedo! ¡Qué sorpresa! ¡Qué alegría!
El señor Sacrement, como de costumbre, comenzó a desnudarse metódicamente.
Luego descubrió, sobre una silla, el abrigo que solía dejar en el perchero, y cogiéndolo, se quedó asombrado al ver lucir una cinta roja en el ojal de la solapa.
Tartamudeó:
-Este... este..., este abrigo... ¡está... condecorado!
Su mujer, de un brinco, lanzose hacia él queriéndole quitar de las manos aquella prenda:
-No; deja; te equivocas... Dámelo.
Pero el señor Sacrement, teniéndolo bien agarrado, como un loco, repetía:
-¿Por qué? ¿Por qué? Tú lo sabes; ¿qué abrigo es éste? No es el mío, puesto que lleva la cinta de la Legión de Honor.
Ella procuraba por todos los medios arrancárselo, descompuesta y turbada:
-Óyeme... Atiéndeme... Déjalo... No me hagas hablar... Es un secreto... Un secreto...
Él, incomodándose, palidecía:
-¡Necesito saber qué hace aquí ese abrigo, que no es el mío!
La mujer, entonces, le dijo al oído:
-Sí... Calla..., júrame ser prudente... Escucha... ¡Sí!... ¡Estás condecorado!
Sacudiole de tal modo su emoción que, soltando el abrigo, fue a desplomarse sobre un sofá.
-Que yo estoy... ¿Dices que... me han condecorado?
-Sí... Es un secreto... Un secreto.
Entre tanto, guardaba el abrigo en un armario, bajo llave, y volviéndose hacia su marido, temblorosa y pálida, prosiguió:
-Sí; es un abrigo que te mandé hacer para sorprenderte. Pero había jurado no decirte nada. Tu nombramiento no será oficial hasta que pase un mes o mes y medio, cuando termines tu comisión histórica. No debía decírtelo hasta entonces. El diputado Rosselin ha obtenido para ti ese honor.
El señor Sacrement, desfallecido, balbuceó:
-Rosselin... Rosselin... Condecorado... Me ha condecorado... A mí..., él... ¡Ah!
Tuvo que beber agua para calmarse.
Una tarjeta yacía en el suelo. El señor Sacrement la recogió, leyendo en ella:
Armando Rosselin
Diputado
-¡Lo estás viendo! ¡Inocente! -dijo la mujer. Entonces él rompió a llorar de alegría.
Y a la semana siguiente anunciaba el Diario Oficial que el señor Sacrement era nombrado caballero de la Legión de Honor, en virtud de los servicios excepcionales prestados por él mismo.

ABANDONADO -- GUY DE MAUPASSANT -- CRIMENES DEL AMOR

ABANDONADO -- GUY DE MAUPASSANT -- CRIMENES DEL AMOR
ABANDONADO


—Es preciso estar loca para salir al campo a estas horas con un calor insufrible. De dos meses a esta parte, se te ocurren ideas muy extrañas. A la fuerza me haces venir a la orilla del mar, cuando en cuarenta y cinco años que llevamos de matrimonio jamás tuviste semejante fantasía. Sin pedirme parecer, eliges como residencia de verano esta población triste, Fècamp, y te invade un deseo furioso de hacer ejercicio (¡eso tú, que nunca dabas dos pasos!), al extremo de querer salir al campo a estas horas en el día más caluroso del año. Dile a nuestro amigo Apreval que te acompañe, puesto que se presta amablemente a todos tus caprichos. Yo, por mi parte, me quedo a dormir la siesta.
La señora Cadour dijo:
—¿Quiere usted acompañarme, Apreval?
Este se inclinó, sonriendo con una galantearía de los tiempos pasados. mientras decía:
—Iré a donde usted vaya.
—Bueno; idos a coger una insolación—exclamó el señor de Cadour.
Y se metió en su cuarto del hotel de los Baños para echarse un par de horas en la cama.
Cuando la respetable señora y su antiguo compañero quedaron solos, se pusieron en marcha. Ella dijo con voz muy baja y apretándole una mano:
—¡Al fin! ¡Al fin!
El murmuró:
—Se ha vuelto usted loca. Estoy convencido en absoluto de que se ha vuelto usted loca. Piense cuánto arriesga. Si ese hombre...
Ella le interrumpió, sobresaltada:
—¡Oh, Enrique! No diga usted nunca ese hombre cuando hablemos de él.
El prosiguió bruscamente:
—¡Bueno! Si nuestro hijo sospecha cualquier cosa, y receloso descubre la verdad, nos tiene cogidos para siempre. Pudo usted pasar cuarenta años alejada, sin conocerle siquiera, ¿qué antojo es el de hoy?
Habían seguido la calle que va de la playa al pueblo. Volvieron a la derecha para subir el repecho de Etretat. El camino blanco se inundaba con los abrasadores rayos del sol.
Andaban despacio, sofocándose, a paso corto. Ella se apoyaba en el brazo de su amigo, mirando hacia adelante, con los ojos fijos, insistentes.
Preguntó:
—¿De manera que tampoco usted le ha visto nunca?
—¡Jamás!
—Pero ¿es posible?
—No comencemos nuevamente la eterna discusión. Yo tengo mujer y tengo hijos, como usted tiene un marido; como usted, debo guardarme de murmuraciones.
Ella no respondió. Pensaba en su juventud lejana, en las cosas que ya pasaron. Todo era triste.
Se había casado, como se casan muchas mujeres, a instancias de la familia, con un hombre al que apenas conocen. Su marido era diplomático; vivió con él como viven todas las mujeres de buena sociedad.
Pero sucedió que un joven, Apreval, casado también, la quiso con un amor profundo, y durante una larga ausencia del señor Cadour, que había ido a las Indias, enviado por el Gobierno, la señora sucumbió.
¿Le hubiera sido posible resistir más? ¿Negarse? ¿Pudo resolverse a no ceder, adorándole como le adoraba? ¡No! ¡Ciertamente, no! ¡Era pedirle demasiado! Era demasiado sufrir. ¡La vida es tan miserable y engañosa! ¿Puede uno evitar ciertas asechanzas de la suerte, huir su destino? Siendo mujer, abandonada, sola, sin ternuras que la remedien, sin hijos que la defiendan, ¿se puede, un día y otro día, evitar una pasión que arrastra la existencia? ¿Se puede huir del sol, para encerrarse hasta la muerte en la oscuridad?
Entonces, después de tanto tiempo, recordaba ella todos los detalles, las caricias, las ansias, las impaciencias aguardándole.¡Qué días tan felices! Los únicos felices. Y ¡qué pronto acabaron!
Luego se sintió embarazada. ¡Qué angustias!
—¡Oh! Aquel viaje al Mediodía, un viaje largo, doloroso; los temores incesantes, la vida misteriosa, oculta en la casita solitaria, cerca del mar, en el fondo de un jardín del que nunca se atrevió a salir.
¡Cómo recordaba los días eternos que pasó al pie de un naranjo, con los ojos fijos en el fruto redondo y rojo, escondido casi entre verdes hojas! Deseaba salir, acercarse al mar, cuya brisa fecunda recibía por encima de la tapia, cuyo constante vaivén oía sin cesar, cuya superficie azul, brillante al sol, y salpicada por blancas velas, era su encanto. Pero tenía miedo hasta de asomarse a la puerta. Si alguien la hubiese reconocido en aquel estado, con aquella cintura deforme y vergonzosa...
Y los días de inquietud, los últimos días torturadores; y la espantosa noche del suceso. ¡Cuántas miserias había padecido!
¡Qué noche aquella! ¡Cuánto gimió, cuánto gritó! No se borraba de su memoria el rostro pálido de su amante, besándole a cada minuto las manos; la cabeza calva del médico, la cofia blanquísima de la enfermera.
Y la sacudida violenta de su corazón al oír el débil gemido de la criatura, aquel primer esfuerzo de una voz de hombre.
Y al día siguiente... ¡Ah! ¡Al día siguiente, único de su vida en que lo tuvo cerca y besó a su hijo! Porque jamás volvieron a verle sus ojos.
Y desde entonces, ¡qué larga, penosa y vacía existencia, en la cual siempre, siempre flotaba el recuerdo imborrable de aquella criatura! ¡Y jamás volvió a verle, ni una sola vez, a aquel pedazo de sus entrañas, al hijo de sus amores!
Lo cogieron, lo llevaron, lo escondieron. Ella supo solamente que unos campesinos normandos lo educaban, que vivía como campesino, que se casó, bien casado, y que fue bien establecido por su padre.
¡Cuántas veces, durante cuarenta años, ella quiso ir a verle, para besarle! ¡No imaginaba que se habría desarrollado! Le suponía siempre como aquella larva humana que sólo un día cogió en brazos, apretándo1e contra su cuerpo dolorido.
Cuantas veces dijo a su amante: «No aguardo más, quiero verle, voy a verle», siempre la convencía, la contenía. Ella no sabia reprimirse, callarse, y el otro adivinaría y exploraría, comprometiéndolos.
—¿Cómo es?—preguntaba la señora.
—No lo sé. Tampoco le conozco.
—¿Es posible? ¡Tener un hijo y no conocerle! ¡Rechazarle con temor, ocultarle como una vergüenza!
Iban camino adelante, fatigados por el calor, ganando poco a poco el inacabable repecho.
Ella prosiguió:
—Parece un castigo. Jamás tuve otro. Y a aquél, no verle... No. Era imposible resistir al deseo de verle, que hace tantos años me obsesiona. Los hombres no comprenden eso. Piense usted que no está lejos el día de mi muerte.
Y ¿era posible morir sin volverle a ver?
—¿Cómo pude aguantar tanto tiempo? He pensado en él durante toda mi vida. ¡Qué horrorosa vida, con este pensamiento constante! ¡No he despertado una sola vez, ni una sola vez, sin que mi primer pensamiento no fuese para él, para el hijo mío! ¿Cómo estará? Me siento culpable, culpable de su abandono, de mi cobardía. ¿Se debe temer al mundo en tales casos? Debí dejarlo todo para no dejarle a él; conservarle, cuidarle y educarle. Hubiera sido más dichosa. Y no me atrevíi. ¡Bien lo pagué con mi sufrimiento; ¡ Ah! Esas pobres criaturas abandonadas... ¡cómo deben de odiar a sus madres!
De pronto se detuvo, ahogada por los sollozos. El valle estaba desierto y mudo bajo la luz abrumadora del sol.
—Descanse usted un poco; siéntese un rato—dijo Apreval.
Ella se dejó conducir hasta la cuneta, y, después de sentarse, ocultó el rostro entre las manos. Sus cabellos canosos, formando rizos, caían sobre sus mejillas, mezclándose con su llanto. Lloraba, herida por un dolor profundo.
El estaba en pie, frente a ella, inquieto, no, sabiendo qué decirle, repetía:
—Vamos.., valor...
Ella se levantó de pronto:
—¡Lo tendré!
Y secándose los ojos, avanzó nuevamente con su paso inseguro de anciana.
El camino se hundía, más adelante, bajo un grupo de árboles, que ocultaban algunas casas. Oyeron el choque vibrante y regular de un martillo en un yunque.
Bien pronto vieron, a su derecha, una carreta parada junto a un cobertizo, y a la sombra dos hombres ocupados en herrar un caballo.
El señor de Apreval se acercó preguntando:
—¿La masía de Pedro Benedicto?
Uno de los hombres respondió:
Tome usted el camino a la izquierda, y siga derecho; es la tercera pasando el café. Tiene un pino junto a la valla. No es fácil equivocarse.
Volvieron a la izquierda. Ella estaba más tranquila, pero con las piernas cansadas y el corazón palpitante. A cada paso, murmuraba como un rezo: «¡Dios mío! ¡Dios mío!» Y oprimía su garganta una emoción terrible, haciéndola vacilar como si le hubiesen cortado las corvas.
El señor de Apreval, nervioso, algo pálido, le dijo bruscamente:
—Si no sabe usted moderarse, todo se descubrirá en seguida. Trate de contenerse y disimular.
Ella balbucía:
—¿Puedo hacer más de lo que hago? ¡Hijo mío! ¡Cuando pienso que voy a ver al hijo mío!
Avanzaban por una senda, entre los corrales de las masías, a la sombra de una doble fila de hayas.
Y, de pronto, se hallaron frente a la valla junto a la cual crecía un pino.
—Aquí es.
Ella se detuvo y observó.
La corralada, llena de manzanos, era grande. La casa, pequeña. Se veían también allí la cuadra, el establo, el gallinero. Bajo un cobertizo de pizarra, los carros, las carretas y una tartanita. Cuatro bueyes pastaban a la sombra de los árboles. Las gallinas iban y venían.
La puerta de la casa estaba abierta. No se veía a nadie; no se ola ningún ruido.
Entraron. Un perro negro salió de su casita, ladrando con furor.
Junto a la pared había cuatro colmenas en fila.
El señor de Apreval gritó:
—¿Hay alguien?
Apareció una chiquilla de diez años aproximadamente, vestida con una camisa de algodón y una falda de lana, con las piernas desnudas y sucias, con la expresión tímida y desconfiada. Se paró delante de la puerta como para impedir la entrada, preguntando:
—¿Qué buscan ustedes?
—¿Está en casa tu padre?
—No.
—¿Adónde ha ido?
—No lo sé.
—¿Y tu madre?
—Con las vacas.
—¿Vendrá pronto?
—No lo sé.
Y bruscamente la señora, como si temiera que se la llevaran de allí a la fuerza sin conseguir su propósito, dijo con voz precipitada:
—No me voy sin verle.
—Le aguardaremos, amiga mía. Y vieron que una campesina se acercaba con dos cántaros de hojalata que parecían muy pesados, y que lucían como espejos reflejando el sol.
Era coja la campesina; llevaba el pecho cruzado por una toquilla de lana oscura, lavada por las lluvias, deslucida por el calor, y tenía el aspecto de una criada pobre y sucia.
—Ahí viene mi madre—dijo la niña.
Acercándose la mujer, miraba recelosamente a los forasteros. Luego entró en la casa como si no los hubiera visto.
Parecía vieja, con el rostro arrugado, amarillento, duro; la cara de pavo de las campesinas.
El señor de Apreval la llamó.
—Diga usted, señora, ¿podría usted vendernos dos vasos de leche?
La mujer refunfuñó, apareciendo en su puerta después de haberse descargado los cántaros:
—No vendo leche.
—Nosotros entramos porque teníamos bastante sed. La señora es anciana y se fatigó. ¿No hay manera de que hallemos algo que beber?
La campesina, observándola con ojos inquietos y desconfiados, al fin se decidió:
—Ya que vinieron ustedes aquí, les daré leche.
Y volvió a entrar en su casa.
Luego salió la chicuela con dos sillas y las puso a la sombra de un manzano, y la mujer compareció al poco rato con dos tazones de leche, que ofreció a los forasteros.
Y se quedó cerca, vigilándolos, como si pretendiese adivinar o descubrir sus intenciones.
—¿Son ustedes de Fécamp? —preguntó la campesina.
El señor de Apreval respondió:
—Si; venimos de Fécamp, donde pasamos el verano.
Y después de un silencio prosiguió:
—¿Podría usted vendernos pollos todas las semanas?
Después de algunas vacilaciones, la campesina dijo:
—Sí podré. ¿Los quieren ustedes tiernecitos?
—Tiernecitos.
—¿A cómo los pagan ustedes en el mercado?
Apreval no lo sabía, y se volvió hacía la señora.
—¿Cuánto cuestan los pollos en el mercado?
Ella balbució con los ojos llenos de lágrimas:
—Cuatro francos, o cuatro cincuenta.
La campesina miraba de reojo, visiblemente extrañada, y luego preguntó:
—¿Está enferma esta señora?
Apreval, viendo que su amiga lloraba, no sabía qué decir.
—No, no... Es que... ha perdido el reloj en la carretera. Un magnífico reloj, y por eso... lo siente. Si alguien lo encuentra, nos avisará usted.
La campesina guardaba silencio; de pronto dijo:
—¡Miren a mi hombre!
Los forasteros no le habían visto entrar porque estaban de espaldas al postigo.
Apreval se inmutó; la señora de Cadour estuvo a punto de caer al suelo desmayada.
Un hombre apareció tirando de una vaca, encorvado, jadeante.
Sin saludar a los forasteros decía:
—Maldito animal, ¡qué penco!
Y pasó de largo para entrar en el establo.
El llanto de la señora se había secado repentinamente y estaba confundida, muda, espantada. «¡Su hijo! ¡Aquél era su hijo»
Apreval, preocupado por la misma idea, preguntó:
—¿Es el señor Benedicto?
La campesina, desconfiada, a la pregunta contestó con otra:
—¿Quién le ha dicho a usted su nombre?
Y el caballero prosiguió:
—El herrador que hay en la carretera.
Todos callaban, con los ojos fijos en la puerta del establo, que aparecía como una mancha negra en el muro. No se veía nada; se oían ruidos leves de movimientos, de pasos, amortiguados en la paja.
El hombre apareció al fin, secándose la frente, y se dirigió a la casa con lentitud, con perezoso balanceo.
Tampoco esta vez atendió a los forasteros, y dijo a su esposa:
—Tráeme un jarro de sidra, tengo sed.
Luego entró en el portal, y la campesina fue a la bodega, dejando solos a los parroquianos.
La señora Cadour, desconsolada, murmuró:
—Vámonos, Enrique. Vámonos en seguida.
El señor de Apreval, sosteniéndola como pudo, la fue llevando para que no se cayera, después de dejar cinco francos sobre una silla.
Cuando estuvieron en el camino, ella rompió a llorar, sacudida por el dolor, y balbuciendo:
—¡Ah! ¿Qué hizo usted con aquella criatura?
El, palideciendo, respondió secamente:
—Hice lo que pude hacer. Su masía vale ochenta mil francos. Es un dote que no tienen la mayor parte de los hijos de familias acomodadas.
Y volvieron despacio, sin hablar. Ella seguía llorando; sus lágrimas corrían por su rostro, continuas, interminables.
Al fin se calmó. Entraban ya en el pueblo.
El señor Cadour los aguardaba para comer. Se echó a reír al verlos llegar.
—¡Bravísimo! ¡Perfectamente! Mi testaruda mujer ha cogido una insolación. ¡Cuando yo digo que de un tiempo a esta parte se ha vuelto loca!
Nada contestaron el uno ni la otra.
Y cuando el marido preguntó, frotándose las manos:
—¿Se les hizo, al menos, agradable su caminata?
El señor de Apreval le respondió:
—Sí, muy agradable; muy agradable.

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