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martes, 5 de agosto de 2008

ARTHUR C. CLARKE -- LA LUZ DE LAS TINIEBLAS

La Luz de las Tinieblas
Arthur C. Clarke
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No soy uno de esos africanos que se avergüenzan de su tierra porque en
cincuenta años ha progresado menos que Europa en quinientos. Pero si en algo
liemos dejado de avanzar lo de prisa que debíamos, se debe a dictadores como
Chaka; y por eso, sólo debemos reprochárnoslo a nosotros mismos. Si la culpa es
nuestra, también será nuestra la responsabilidad de remediarlo.
Es más, yo tenía razones más poderosas que la mayoría para desear destruir al
Gran Jefe, al Omnipotente, a El-que-Todo-lo-Ve. Era de mi propia tribu, estaba
emparentado conmigo por intermedio de una de las esposas de mi padre, y había
empezado a perseguir a nuestra familia desde el momento en que subió al poder.
Aunque no intervinimos en política, dos de mis hermanos desaparecieron, y otro
murió en un inexplicable accidente de automóvil. Mi propia libertad, de eso cabía
muy poca duda, se debía en gran medida a que era uno de los pocos científicos
del país que gozaban de fama internacional.
Como muchos de mis compatriotas intelectuales, tardé en volverme contra Chaka
porque pensé que como les ocurrió a los alemanes en 1930, que también se
dejaron llevar por el camino equivocado- hay veces en que la dictadura es el único
medio de evitar el caos político. Quizá el primer signo de nuestro catastrófico error
fue cuando Chaka abolió la constitución y adoptó el nombre del emperador zulú
del siglo XIX, de quien estaba genuinamente convencido que era su
reencarnación. A partir de ese momento, su megalomanía fue rápidamente en
aumento. Como todos los tiranos, no se fiaba de nadie y se consideraba rodeado
de conspiraciones.
Esta convicción tenía sus fundamentos. El mundo conoce al menos seis atentados
contra su vida, merced a la publicidad que se les ha dado; pero además hay otros
que se han mantenido en secreto. El fracaso de todos ellos hizo que aumentara la
confianza de Chaka en su propio destino, y confirmó la fe fanática de sus
seguidores en su inmortalidad. Al volverse más desesperada la oposición, las
contramedidas del Gran Jefe se hicieron más crueles... y más bárbaras. El
régimen de Chaka no ha sido el primero, ni siquiera en Africa, que ha torturado a
sus enemigos; pero fue el primero en transmitirlo por televisión.
Aun así, a pesar del horror y la indignación que esto provocó en el mundo, y la
vergüenza que yo sentí, no habría hecho nada si el destino no me hubiera
colocado el arma en la mano. No soy hombre 4e acción, y aborrezco la violencia,
pero en cuanto me di cuenta del poder que poseía, mi conciencia no me dio
tregua. Tan pronto como los técnicos de la NASA tuvieron instalado su equipo y
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entregaron el Sistema Infrarrojo de Comunicaciones Hughes Mark X comencé a
hacer planes.
Parece extraño que mi país, uno de los más atrasados del mundo, juegue un
papel capital en la conquista del espacio. Se debe a un puro accidente geográfico,
que de ningún modo ha sido del gusto de rusos y americanos. Pero no hay nada
que ellos puedan hacer al respecto; Umbala se halla situada en el ecuador,
directamente debajo de las órbitas de todos los planetas. Y posee un elemento
natural único e inestimable: el volcán apagado conocido con el nombre de cráter
Zambue.
Cuando se extinguió el Zambue, hace más de un millón de años, la lava se retiró
poco a poco, solidificándose en una serie de terrazas y formando un cuenco de
una milla de diámetro y mil pies de profundidad. Fue necesario el mínimo
movimiento de tierras, así como la menor longitud de cable para convertirlo en el
mayor radiotelescopio de la Tierra. Y debido a que este gigantesco reflector está
fijo examina cualquier porción concreta del firmamento tan sólo durante unos
minutos cada veinticuatro horas, a medida que la Tierra gira sobre su eje. Este era
el precio que los científicos estaban dispuestos a pagar por la posibilidad de recibir
las señales que las sondas y las naves emitían desde los mismísimos confines del
sistema solar.
Chaka era un problema que no habían previsto. Se había hecho con el poder
cuando la obra estaba casi terminada, y tuvieron que avenirse con él como
pudieron. Afortunadamente, sentía un respeto supersticioso por la ciencia, y
necesitaba todos los rublos y dólares que pudiera sacarles. La Contribución
Ecuatoriana al Programa Espacial quedó a salvo de su megalomanía; y desde
luego, ayudó a reforzarla.
El Gran Plato había quedado instalado el día que hice yo mi primera visita a la
torre que se alza en su centro. Era un mástil vertical de más de mil quinientos pies
de altura, el cual soportaba las antenas que confluían en el foco del inmenso
cuenco. Un pequeño ascensor con capacidad para tres hombres subía lentamente
hasta lo más alto.
Al principio, no había nada digno de ver, aparte del deslucido brillo de la salsera
de láminas de aluminio, curvada hacia arriba a una media milla en todo mi
alrededor. Pero luego me elevé por encima del borde del cráter y pude ver la tierra
hasta una distancia mucho más lejana de lo que yo había esperado. La
prominencia azulenca y nevada que emergía de la bruma de poniente era el
monte Tampala, el segundo pico más elevado de Africa, separado de mi por una
infinidad de millas de jungla. A través de esa jungla, en las grandes curvas
intrincadas, culebreaban las cenagosas aguas del río Nya... la única ruta que
millones de compatriotas míos habían conocido. Unos cuantos claros, una línea de
ferrocarril y el resplandor blanco y lejano de la ciudad eran los únicos signos de
vida humana. Una vez más sentí esa opresiva sensación de desesperanza que
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siempre me asalta cuando contemplo Umbala desde el aire y comprendo la
insignificancia del hombre frente a la jungla eternamente dormida.
Tras un clic, la caja del ascensor se detuvo en el cielo, a un cuarto de milla del
suelo. Al salir me encontré en una reducida habitación pertrechada de cables
coaxiales y de instrumentos. Aún quedaba un trecho por recorrer, pues una
estrecha escala subía, a través del tejado, a una plataforma que tenía poco más
de una yarda cuadrada. No era un lugar muy apropiado para quien fuese propenso
al vértigo; no había siquiera un pasamanos que sirviera de protección. El cable
central del pararrayos daba cierta seguridad, así que me estuve agarrado
firmemente a él todo el tiempo que permanecí en esa almadía metálica de forma
triangular, tan próxima a las nubes.
La magnificencia del panorama y la euforia de sentir un ligero, aunque
omnipresente peligro, me hicieron olvidar el paso del tiempo. Me sentía como un
dios, completamente alejado de los asuntos terrenos, superior a todos los demás
hombres. Y entonces comprendí, con una certeza matemática, que aquí había un
desafío que Chaka jamás podría ignorar.
El coronel Mtanga, su jefe de Seguridad, se opondría; pero sus protestas serían
desoídas. Conociendo a Chaka, uno podía predecir con absoluta seguridad que el
día de la inauguración oficial estaría aquí, solo, durante un buen rato, dominando
su imperio con la mirada. Su escolta personal permanecería en el recinto de abajo,
una vez registrado todo por si habían colocado alguna bomba. No podrían hacer
nada para salvarle cuando disparara yo desde tres millas de distancia y a través
de la cadena de montañas que se extiende entre el radiotelescopio y mi
observatorio. Me alegraba de que hubiera montañas por medio; aunque
complicaban el problema, me protegerían de toda sospecha. El coronel Mtanga
era un hombre muy inteligente, pero probablemente no podría concebir que
existiera un arma capaz de disparar en ángulo. Y él buscaría un fusil, aunque no
encontraría ninguna bala.
Regresé al laboratorio y empecé mis cálculos. No había transcurrido mucho
tiempo, cuando descubrí mi primer error. Puesto que había visto cómo hacía un
agujero la luz concentrada del rayo láser en un trozo de sólido acero en una
milésima de segundo, supuse que mi Mark X podía matar a un hombre. Pero la
cosa no es tan sencilla. En determinados aspectos, el hombre es un material más
duro que el acero. En su mayor parte es agua, la cual tiene diez veces la
capacidad de calor de cualquier metal. El haz de luz que perfora una plancha de
blindaje o lleva un mensaje hasta Plutón -cosa para la que había sido proyectado
el Mark X- produciría en el hombre una quemadura dolorosa, pero completamente
superficial. Lo peor que podía hacerle a Chaka, desde una distancia de tres millas,
era un agujero en la multicolor manta tribal que tan pomposamente vestía para
probar que aún se consideraba un hijo del pueblo.
Durante un tiempo casi abandoné el proyecto. Pero no desistiría; instintivamente>
sabía que la respuesta estaba allí, y que sólo era cuestión de saber verla. Quizá
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podía utilizar mis invisibles balas de calor para cortar uno de los cables que
sujetaban la torre, con el fin de que se derrumbara cuando Chaka estuviera en lo
alto. Los cálculos indicaban que esto era factible si el Mark X actuaba
ininterrumpidamente durante quince segundos. Un cable, a diferencia del hombre,
no se movería, así que no era necesario aventurarlo todo a un solo impulso de
energía. Podía tomarme el tiempo que quisiera.
Pero dañar el telescopio habría sido una traición a la ciencia, y casi me sentí
aliviado al comprobar que este proyecto era irrealizable. El mástil tenía
incorporados tantos elementos de seguridad que habría sido necesario cortar al
menos tres cables para derribarlo. Había que desechar este plan; se habrían
necesitado horas y horas de ajustes, así como preparar y apuntar el aparato para
cada disparo de precisión.
Tenía que pensar otra cosa; y como los hombres tardan mucho tiempo en ver lo
que es evidente, hasta una semana antes de la inauguración oficial del telescopio
no supe cómo habérmelas con Chaka. El-que-Todo-lo-Ve, el Omnipotente, el
Padre del Pueblo.
A la sazón, mis estudiantes habían coordinado y calibrado el aparato, y estábamos
preparados para las primeras comprobaciones a toda su potencia. Al girar en su
elevador del interior de la cúpula del observatorio, el Mark X parecía exactamente
un gran telescopio de doble cañón reflejo... y, efectivamente, lo era. En uno de
ellos, un espejo de treinta y seis pulgadas centraba el impulso del láser y lo
enfocaba en el espacio; el otro actuaba como receptor de señales y podía
utilizarse también como un visor telescópico superpotente para apuntar el aparato.
Comprobamos su enfilación en el blanco celeste más próximo: la Luna. Ya
avanzada la noche, centré los cables en cruz en medio del pálido creciente y
disparé un impulso. Dos segundos y medio más tarde se produjo un eco tenue. La
cosa marchaba.
Había aún un detalle por arreglar, y tenía que hacerlo yo en absoluto secreto. El
radiotelescopio se hallaba al norte del observatorio, al otro lado de la cordillera que
nos impedía ver directamente. Una milla al Sur había una montaña aislada. Yo la
conocía bastante bien, porque hacía años había ayudado a instalar allí una
estación de rayos cósmicos. Ahora sería utilizada para un fin que jamás habría
imaginado en los tiempos en que mi país era libre.
Justo debajo de la cima se alzaban las ruinas de un viejo fuerte, abandonado
desde hacía siglos. Necesité hacer pocas exploraciones para encontrar el lugar
que necesitaba: una pequeña cueva, de menos de una yarda de alta, entre dos
grandes rocas que habían caído de las antiguas murallas. A juzgar por las
telarañas, hacía generaciones que no había entrado allí un ser humano.
Cuando me agazapé en la abertura pude ver todas las instalaciones del Programa
Espacial, que se extendían en varias millas. Al Este se encontraban las antenas
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de la vieja Estación de Seguimiento del Proyecto Apolo, que había traído a los
primeros hombres de la Luna. Más allá estaba el campo de aterrizaje, por encima
del cual se cernía un avión de transporte con sus propulsores verticales en
funcionamiento. Pero todo lo que a. mi me interesaba era que estuvieran
despejadas las líneas de visión desde este lugar a la cúpula del Mark X, y al
extremo del mástil del radiotelescopio, tres millas al Norte.
Tardé entre días en instalar el espejo plateado, ópticamente perfecto, en su
secreto habitáculo. Los tediosos ajustes micrométricos para dar la exacta
orientación tardaron tanto que temí que no estuviera listo a tiempo. Pero al fin salió
correcto el ángulo, con un error menor que un segundo de arco. Cuando apunté el
telescopio del Mark X al punto secreto de la montaña, pude ver la cordillera que
tenía detrás de mí. El campo visual era pequeño, aunque suficiente; el área del
blanco tenía una yarda, y yo podía apuntar sobre cualquier pulgada de esa zona.
La luz podía recorrer, en cualquiera de los sentidos, la trayectoria que yo había
preparado. Todo cuanto veía por el telescopio visor estaba automáticamente en la
línea de fuego del transmisor.
Me parecía extraño, tres días más tarde, estar sentado tranquilamente en el
observatorio, con los acumuladores eléctricos zumbando en torno mío, y ver a
Chaka entrar en el campo visual del telescopio. Experimenté un fugaz destello de
triunfo, como el astrónomo que ha calculado la órbita de un nuevo planeta y luego
lo descubre en el punto previsto entre las estrellas. El cruel rostro estaba de perfil
cuando lo vi al principio, como si estuviera a sólo unos treinta pies, gracias al
aumento máximo que yo utilizaba. Aguardé pacientemente, con serena confianza,
porque tenía que llegar el momento que yo sabía: aquel en el que Chaka
parecería estar mirando hacia mí. Cuando esto sucedió, cogí con la mano
izquierda la imagen de un antiguo dios, que no debe de tener nombre, y accioné
con la otra el conmutador que disparaba el láser, lanzando mi rayo silencioso e
invisible por encima de las montañas.
Si, era muchísimo mejor así. Chaka merecía la muerte; pero ésta le habría
convertido en un mártir y habría fortalecido el dominio de su régimen. Lo que yo le
tenía reservado era peor que la muerte, desataría entre sus defensores un terror
supersticioso.
Chaka vivía aun; pero El-que-Todo-lo-Ve no volvería a ver ya nunca más. En el
espacio de unos microsegundos le había reducido a una condición inferior a la del
pordiosero más humilde de la calle.
Ni siquiera le había hecho daño. Porque no se siente dolor cuando la delicada
película de la retina se funde por el calor de un millar de soles.

viernes, 27 de junio de 2008

Sólo Marta -- BRUNO HENRIQUEZ

Sólo Marta
Bruno Henríquez
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Cuando Marta me planteó que tenía que hacer más de cuatro cosas al mismo tiempo, le propuse lo del multiplicador dimensional y aunque no me tomó en serio, de todas maneras se lo di. Se lo puse en el dedo anular de la mano izquierda lo multiplique por cinco y le dije que saliera de una en una y se repartiera bien las tareas, que a las doce de la noche se volvería a la singularidad y que a la mañana siguiente me lo podía devolver, si no, no importaba, yo tenía otro o podía hacer los que quisiera ya que es muy sencillo.
Debía salir de una en una y esperar al menos uno o dos minutos entre una y otra para que la gente no se fijara mucho al salir del trabajo; pero se sabe que a la hora de salir nadie se fija en nadie y lo que quieren es estar fuera del edificio lo más pronto posible. Así lo hizo y no es mi culpa si no siguió bien mis instrucciones, pues lo más importante es el regreso a la hora de volver a singularizarse ¿debería decir simplificarse? Para no complicarse ella tenía que estar sola, las unificaciones se hacen de uno en uno y a veces son un poco molestas.
La primera Marta salió corriendo para el salón de reuniones, aquello no se acabaría hasta las once de la noche; la segunda pasó por casa de su mamá a recoger las cosas que le tenía que llevar a su tía en el hospital, cuando saliera de ahí tenía que pasar por casa de su hermana y también llegaría tarde a casa, Marta 3 iría para su casa directamente, llevaría la ropa a la tintorería, al regreso acomodaría el cuarto de desahogo, prepararía las cosas que le llevaría a la niña el fin de semana al campamento de pioneros; Marta 4 iría primero por las tiendas, después a su casa cuando Marta 3 hubiera salido, se daría un buen baño, se pondría el vestido que le regaló su esposo en su último cumpleaños (el último de verdad, porque ya eso de cumplir años no se usa nada más que para que el marido le regale algo), y lo esperaría a él para ir esa noche al cabaret de la Giraldilla a celebrar ya no sabía qué, si un aniversario de bodas, el cumpleaños de su esposo (los hombres sí cumplimos siempre), un premio del trabajo o el solo hecho de haber ligado una reservación en ese lugar tan exclusivo. Y Marta 5, pues Marta 5 no tenía nada que hacer y era completamente libre de ir a donde le viniera en ganas hasta las doce de la noche hora en que se invertiría la acción del multiplicador y Marta se simplificaría ¿o debo decir se singularizaría?
Tal y como lo planificó así fue como resultó, al menos desde el principio, aunque para empezar al portero del ministerio, donde ella trabaja, le pareció ver salir a Marta cuatro veces seguidas sin verla entrar ninguna, mezclada entre la avalancha de personas que se desborda por la puerta a la hora de la salida. Se sorprendió más aún cuando la vio salir a las 11:30 de la noche de la reunión que había en el Salón Dorado, según su cuenta, por quinta vez.
Marta no tenía por que preocuparse, al volver a ser ella sola recordaría todo como si lo hubiera vivido ella misma y de hecho era así pues todas eran Marta y lo único que yo hice fue arreglar un poco su representación dimensional, sí, quizás puse una de más, pero eso no era lo más importante sino lo que pasó con ella ¿o con ellas?. En fin, era sólo Marta y si alguien le iba con algún chisme a su marido, el estaba consciente de que ella no se le separó durante toda la noche, ni él notó nada raro, como no fueran los tragos que le hicieron ver más tarde a Marta doble o triple o quizás más veces, pero eso fue ya en la casa y él no recuerda muy bien con cuantas mujeres estuvo en la cama pero si sabía que sólo estaban allí Marta y él.
Así Marta 1, 2 y 3 no se sentían molestas porque Marta 4 hubiera estado divirtiéndose, como Marta 4 tampoco se preocupó de que 1, 2 y 3 se estuvieran machacando la vida en reuniones, hospitales y ropa que arreglar mientras ella disfrutaba de lo que se merecía, y ninguna de ellas se preocupaba tampoco de lo que hiciera Marta 5 porque al fin y al cabo solo había una Marta que eran todas y hacía (hacían) lo que mejor le pareciera.
El anillo que yo hice brilla cuando se va a producir la multiplicación y la persona siente un frío en el estómago y se le eriza todo el cuerpo en un impulso que sale desde la columna vertebral; los huesos de la cabeza y de todo el cuerpo le traquean como si se fueran a partir, pero sólo esa persona lo oye y quien la mire verá como si se hiciera transparente, pues en ese momento está y no está en el mundo normal y se desdobla y aparecen las otras existencias; yo las programé para que salieran poco a poco, porque las primeras veces cuando los desdoblamientos eran simultáneos se producía mucha estática que interfería radios y televisores y ya los vecinos me pelearon por eso, también afectaba en algo las probabilidades y a veces hasta llovía cuando lo había anunciado el Instituto de Meteorología. Con Marta no hubo mucha estática y tampoco llovió.
Marta 1 estuvo brillante en la reunión, no le importaba la hora en que se tenía que acabar y no dejó nada por plantear, además no tenía más preocupaciones para esa noche que poner todo su ser en el meollo de la reunión, así que llevó la voz cantante las seis horas que estuvo en el Salón Dorado, donde se celebraba la reunión.
Marta 2 pasó la noche hablando de cosas viejas y pasadas con su mamá y con su tía, vio hasta fotos ya amarillas que le habían llevado a su tía al hospital, vio caras ya olvidadas y recordó las cosas que no había hecho y las oportunidades que perdió cuando era niña, adolescente, joven y ya mujer y como se va el tiempo con las cosas y pasó todo ese tiempo con una melancolía que muy raras veces le salía a flote, pero que entonces salió, hasta lloró cuando su tía no miraba y también cuando la sortija volvió a brillar anunciándole que otra vez sería una sola Marta en tiempo y en espacio.
Cuando Marta 4 llegó a la casa cargada de cajas de ropas, perfumes y muchas cosas más, vio que en la cocina estaban ya las compras de la bodega y hasta las viandas que habían venido al mercado y que la ropa sucia se había ido rumbo a la lavandería llevada por Marta 3 con quien no se cruzó hasta muy tarde en la noche cuando volvió a brillar el anillo que yo le di y entonces ella, la tres, salió del otro cuarto, donde descansaba después de tanto trabajo, para singularizarse, sólo que lo hizo cuando el marido de Marta (y de todas las Martas multiplicadas) y Marta cuatro, no debían ser interrumpidos y la refusión se llevó a cabo en un amasijo de cuerpos en la cama que aunque Marta no me lo contó se bien como es, porque no es la primera vez que alguien usa mi multiplicador, y yo fui el primero.
Pero con Marta cinco fue diferente, porque ella no tenía programa fijo y fue producto de mi negligencia al no preguntarle a Marta por cuanto se quería multiplicar y por hacer caso a ese refrán de que más vale que sobre y no que falte. Por eso la Marta sin obligaciones salió a pasear, a buscar una fuga a las tensiones acumuladas, a recorrer los mismos lugares donde forjó sus primeras y posteriores ilusiones. Reparó con asombro que el multiplicador no sólo la había multiplicado a ella sino también su ropa, su cartera, el dinero y las llaves, el carnet de identidad, el pase del ministerio y todo lo que llevaba encima. Así que todo el Universo cercano de Marta estaba circulando por la Habana multiplicado por cinco. Y ella, sin programa fijo, se sentía como si le hubieran regalado un domingo en medio de la semana; tantas veces deseó tener el tiempo y la libertad de hacer lo que se le antojara y en el momento de tenerlo no sabía que hacer. Entonces fue que apareció él. Volvía del extranjero y de los recuerdos y estaría sólo un día en La Habana, después en Santiago de Cuba y de ahí salir en su barco por cinco años al Pacífico, pero sus ojos eran los mismos de entonces, cuando ella era todo para él y esa noche, pues, también lo fue, hasta que el anillo brilló y Marta se lo quiso arrancar del dedo, pero no pudo y sintió que el cuerpo se le estrujaba desde los huesos hasta los nervios si no volvía a su casa; y su antiguo amante la vio volverse transparente y salir volando, como llevada por un rayo, hasta su casa donde como una sombra se mezcló entre los cuerpos que retozaban en la lujuria de la noche de los tiempos y el alcohol, hasta que quedaron sólo ella y su marido, extenuados. Después fueron los chismes de vecinos y dicen que la culpa es mía por lo del multiplicador, aunque nadie cree de verdad que eso trabaje, sólo Marta que lo usó y se quedó con él, no se si para repetir la experiencia o como recuerdo. Yo, como dije antes, tengo varios ¿quieres usar uno?

domingo, 11 de mayo de 2008

EL LADRÓN __ GUY DE MAUPASSANT

EL LADRÓN
GUY DE MAUPASSANT


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—Si se lo cuento, no me van a creer.
—Cuéntelo de todos modos.
—Lo haré. Pero antes desearía dejar bien sentado que mi historia es verdadera en todos sus puntos, por más inverosímil que parezca. Sólo los pintores no se sorprenderían, especialmente los viejos, porque han conocido esa época en que el espíritu burlón prevalecía de tal modo que estaba presente aun en las circunstancias más graves.
Y el viejo artista se sentó a horcajadas en una silla.
Esto ocurría en el comedor de un hotel de Barbizon.
El artista continuó:
—Esa noche habíamos cenado en la casa del pobre Sorieul, ya fallecido, el más entusiasta de todos. Éramos sólo tres: Sorieul, yo y Le Poittevin, creo; pero no me atrevo a afirmar que fuera él. Hablo, claro está, del pintor de marinas, Eugéne Le Poittevin, muerto también, y no del paisajista, sibarita y lleno de talento.
»Decir que habíamos cenado en casa de Sorieul, significa que todos estábamos un poco ebrios. Sólo Le Poittevin había conservado su cordura, algo enturbiada es cierto, pero todavía lúcida. Entonces éramos jóvenes. Echados sobre la alfombra, discutíamos sobre toda clase de temas en la pequeña habitación que lindaba con el estudio del pintor. Sorieul, con la espalda en el suelo y las piernas sobre una silla, hablaba de batallas, discutía acerca de los uniformes del Imperio; súbitamente se puso de pie, sacó del gran armario de accesorios un traje completo de húsar, y se vistió con él. Después conminó a Le Poittevin a vestirse de granadero. Como éste se resistiera, lo acorralamos y, después de haberlo desvestido, lo introdujimos en un inmenso uniforme, en el que casi desapareció.
»Yo mismo me disfracé de coracero. Y Sorieul nos mandó hacer un ejercicio complicado. Después gritó:
»—Ya que esta noche somos veteranos, bebamos como veteranos.
»Preparamos un ponche que fue encendido y bebido; luego, por segunda vez, la llama se elevó sobre la vasija llena de ron. Y cantamos a plena voz antiguas canciones, canciones que hace muchos años entonaban los viejos soldados del ejército.
»De pronto Le Poittevin, que a pesar de todo era dueño de sí, nos hizo callar; después de un silencio que duró algunos instantes, dijo a media voz:
—Estoy seguro de que alguien está andando por el taller.
»Sorieul se puso de pie como pudo y gritó:
—¡Un ladrón! ¡Qué oportunidad! —y en seguida comenzó a cantar La Marsellesa.
»Después se precipitó sobre una panoplia y nos armó, según correspondía a nuestros uniformes. A mí me tocó una especie de mosquete y un sable; Le Poittevin recibió un gigantesco fusil con bayoneta, y Sorieul, no encontrando lo que necesitaba, cogió una pistola de fuste que deslizó en su cintura, y comenzó a blandir un hacha de abordaje. Luego abrió con precaución la puerta del altillo y el ejército entró en el territorio sospechoso.
»Cuando llegamos al centro de la vasta habitación, repleta de telas inmensas, de muebles, de objetos curiosos e inesperados, Sorieul nos dijo:
»—Yo me nombro general. Celebremos un consejo de guerra. Tú, el coracero, cortarás la retirada del enemigo, es decir, cerrarás con llave la puerta. Tú, el granadero, serás mi escolta.
»Ejecuté la orden recibida; después, me reuní con el grueso de las tropas, que efectuaba un reconocimiento.
»En el momento en que iba a unirme a ellos detrás de un gran biombo, estalló un enorme estruendo. Me lancé hacia allí, llevando una vela en la mano. Le Poittevin acababa de atravesar, de un golpe de bayoneta, el pecho de un maniquí al cual Sorieul cortó la cabeza a hachazos. Una vez reconocido el error, el general ordenó:
»—Seamos prudentes —y las operaciones recomenzaron.
»Después de veinte minutos habíamos registrado todas las esquinas y rincones del altillo, sin éxito; entonces, Le Poittevjn tuvo la idea de abrir un inmenso ropero. Era oscuro y profundo; yo estiré el brazo con que sostenía la luz y retrocedí, estupefacto: allí estaba un hombre, un hombre vivo, que me había mirado.
»Inmediatamente cerré el ropero con dos vueltas de llave, y celebramos un nuevo consejo.
»Las opiniones estaban muy divididas. Sorieul quería encerrar al ladrón, Le Poittevin sugería asediarlo por hambre. Yo propuse hacer saltar el armario con pólvora.
»El consejo de Le Poittevin prevaleció, y mientras él montaba guardia con su gran fusil, nosotros fuimos a buscar el resto del ponche y las pipas; después, nos instalamos ante la puerta cerrada y bebimos por el prisionero.
»Al cabo de media hora, Sorieul dijo:
»—Bueno, yo quisiera ver al prisionero de cerca. ¿Por qué no nos apoderamos de él por la fuerza?
»Yo grité: “¡Bravo!” Cada uno se lanzó sobre sus armas; la puerta del ropero fue abierta y Sorieul, provisto de su pistola, que no estaba cargada, se precipitó el primero.
»Los demás le seguimos, gritando. Se armó un tumulto impresionante en medio de la oscuridad, y después de cinco minutos de una lucha insólita, sacamos a la luz a una especie de viejo bandido de cabellos blancos, sórdido y miserable.
»Le atamos de pies y manos; después lo sentamos en un sofá. El no dijo una sola palabra.
»Entonces Sorieul, presa de una borrachera solemne, se volvió hacia nosotros:
»—Ahora vamos a juzgar a este miserable.
»Yo estaba tan borracho que esta propuesta me pareció completamente natural.
»Le Poittevin fue encargado de defender al prisionero, y yo de presentar la acusación.
»Fue condenado a muerte por unanimidad, salvo una excepción: la de su defensor.
»—Ahora lo ejecutaremos —dijo Sorieul. Pero un escrúpulo le asaltó—: Este hombre no debe morir privado del socorro de la religión —dijo—. ¿Y si fuéramos a buscar a un sacerdote? —Se objetó que era muy tarde. Entonces Sorieul me propuso que yo cumpliera esa función, y exhortó al criminal a confesarse ante mí.
»El hombre llevaba ya cinco minutos observándolo todo con ojos desorbitados, preguntándose seguramente con qué clase de gente se había topado. Entonces dijo con una voz hueca, quemada por el alcohol:
»—Sin duda estaréis bromeando.
»Pero Sorieul lo obligó a arrodillarse, y por temor a que sus padres hubieran olvidado bautizarlo, volcó sobre su cráneo un vaso de ron..
»Después dijo:
»—Confiésate ante este señor; tu última hora ha llegado.
»Desesperado, el viejo granuja se echó a gritar: “’Socorro!” con tal fuerza que hubo que amordazarlo para no despertar a todos los vecinos. Entonces el hombre se echó al suelo, rodando y retorciéndose, golpeando los muebles y rompiendo las telas. Al fin Sorieul, impacientado, gritó:
»—¡Terminemos con él! —Y viendo al miserable echado en el suelo, oprimió el gatillo de su pistoleta. El gatillo cayó con un chasquido seco. Imitando el ejemplo, yo disparé a mi vez. Mi fusil, que era a piedra, lanzó unas chispas que me sorprendieron.

Entonces Le Poittevin pronunció gravemente estas palabras:
»—¿Tenemos derecho a matar a este hombre?
»Sorieul, estupefacto, respondió:
»—¡Pero si lo hemos condenado a muerte!
»Le Poittevin le respondió:
»—No se fusila a los civiles; este hombre debe ser entregado al verdugo. Es necesario conducirlo al cuerpo de guardia.
El argumento nos pareció concluyente. Cogimos al hombre, y como no podía andar, lo colocamos, fuertemente amarrado, sobre una tabla de madera que Le Poittevin y yo nos encargamos de transportar, mientras Sorieul, armado hasta los dientes, cerraba la marcha.
»Frente al puesto de guardia, el centinela nos detuvo. Llamó a su jefe que nos reconoció, y como solía ser testigo de nuestras farsas diarias, de nuestras bromas, de nuestros inverosímiles inventos, se limitó a reír y rechazó a nuestro prisionero.
»Sorieul insistió; entonces el soldado nos invitó severamente a volver a nuestras casas sin hacer ruido.
»La tropa se puso en camino y regresó al altillo. Yo pregunté:
—¿Qué haremos con el ladrón?
Le Poittevin, enternecido, afirmó que debía estar muy cansado. En efecto, tenía un aspecto agonizante, atado de aquel modo, amordazado y ligado a la tabla.
»Yo me sentí invadido por un arrebato de piedad, una compasión de borracho, y, quitándole la mordaza, le pregunté:
»—Dígame, compañero, ¿cómo se encuentra?
»El gimió:
»—¡Ya no aguanto más, cielos! Entonces Sorieul se sintió paternal. Lo liberó de todas sus ataduras lo hizo sentarse, lo tuteó, y, para reconfortarlo, nos pusimos los tres a preparar rápidamente un nuevo ponche. El ladrón, tranquilo en su sofá, nos contemplaba. Cuando la bebida estuvo pronta, le tendimos un vaso; le hubiéramos sostenido con gusto la cabeza; por fin, brindamos.
»El prisionero bebió como todo un regimiento. Pero viendo que el día amanecía, se puso de pie y con mucha serenidad nos dijo:
—Me veo en la obligación de dejaros, pues es hora de que regrese a casa.
»Nos quedamos desolados; quisimos retenerle un poco más, pero él se negó a permanecer más tiempo.
Entonces le estrechamos la mano y Sorieul, con su vela, iluminó el vestíbulo, diciéndole:
—Tenga cuidado con el escalón de la puerta trasera.

Todos nos reímos abiertamente cuando finalizó el narrador. Este se puso de pie, encendió su pipa y agregó, mirándonos de frente:
—Pero lo más curioso de mi historia es que es cierta.

sábado, 12 de abril de 2008

APRENDER A VIVIR MEJOR -- Jorge Bucay

APRENDER A VIVIR MEJOR -- Jorge Bucay
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Enfrentar el desafío de nuestro día a día se vuelve cada vez más difícil. Es así para nosotros, para nuestras parejas y para nuestra familia. Es así en nuestra ciudad, en nuestra provincia y sobre todo en nuestro herido país. El mundo es un espacio complicado, cuanto más para nosotros los argentinos, después de tan difíciles años.

Me anima la idea de reaprender a disfrutar de nuestras vidas. Disfrutar quiere decir tomar un fruto, paladearlo, saborearlo, conocerlo. El fruto es cada cosa y cada momento, alegre o triste, extraordinario o cotidiano, placentero o doloroso. Degustar es vivirlo comprometidamente. Qué estúpido sería el trabajo de hacer crecer un árbol, plantarlo, sostenerlo, regarlo y protegerlo, para después, por apuro, por distracción, por miedo o por culpa, no tomar de sus frutos. Qué tonto trabajo el de hacer crecer los frutos que uno nunca comerá, ni dejará para que otros coman, ni regalará a nadie ni se ocupará de que estén a disposición de quienes los necesiten.

¿Qué hace falta, qué es necesario, cuál es el camino para aprender a vivir mejor?

La primera condición es darse cuenta de que la vida, tal cual es, con todas sus dificultades, vale la pena. Quiero decir que vale la pena. Es decir, que vale penar por ella, padecer por ella, entristecer y dolerse por ella. Tanto más si estamos dispuestos a apostar, casi a ciegas, por lo que sigue, por el resto de nuestra vida, que como dice la canción, empieza hoy.

Me contaron un cuento...

El enorme y lujuso auto estacionó frente a la parroquia. De él bajó un hombre de mediana edad, muy bien vestido y con signos de indudable prosperidad. Se dirigió al cura párroco y le dijo:

- ¿Se acuerda de mí, padre?

El cura lo miró por encima de las gafas, jamás olvidaba una cara.

- Claro, estuviste aquí hace casi un año, vestías en harapos y tenías hambre. Decías que habías perdido todo, que te descuidaste y que tu propia gente te había robado, estafado y humillado. Pero si mal no recuerdo, también sostenías que ya no había posibilidades para tí... y por lo que se ve, estabas equivocado.

- Estaba muy equivocado, padrecito, porque ese día usted me dio un consejo, ¿lo recuerda?

- Sí. Creo que te conté que mis ancestros en España cuando tenían un problema y no encontraban solución, tomaban los Santos Evangelios y los dejaban caer sobre la mesa para que se abriera al azar y ponían luego un dedo en el texto sin mirar dónde, porque confíaban en que Dios los guiará a la respuesta precisa...

- Exacto. Le confieso, padre, que me fui a casa riéndome de su ingenuidad. Mi problema es concreto pensé, qué tendría que ver Dios con todo eso. Pero esa noche me encontré tan desesperado que tomé el libro de los Evangelios del cuarto de mi madre y me animé a seguir su consejo... Al leer lo que señalaba, entendí todos mis errores y pude salir del horrible lugar en el que estaba... en señal de gratitud, he traído una donación para la parroquia, espero no ofenderlo. Volveré el año próximo. Una vez más, gracias padre, ha sido un placer conocerlo.

Y dicho esto empezó a marcharse...

- Un momento, hijo mío -lo detuvo el cura-, me gustaría saber, antes de que te vayas, qué decía la frase que tu dedo señaló en el Evangelio.

- Ah, sí, claro padre, decía "Capítulo 18".

- Perdona mi mala memoria -respondió el cura- pero, ¿qué dice el capítulo 18?

- No lo sé padre, nunca lo leí -dijo el hombre-. Lo que pasó fue que al ver la frese, me di cuenta de que más allá de lo que dijera el capítulo 18... el capítulo 17 había terminado.

Vale la pena insistir, crear, reintentar, reempezar, construir y compartir.

Vale la pena vivir.

lunes, 7 de enero de 2008

Stephen King // THE DARK MAN (ingles) ; EL HOMBRE OSCURO (español)

Stephen King
The Dark Man
Published in "Ubris", 1969 and later in Moth, 1970.

I have stridden the fuming way
of sun-hammered tracks and
smashed cinders;
I have ridden rails
and bummed sterno in the
gantry silence of hob jungles:
I am a dark man.
I have ridden rails
and passed the smuggery
of desperate houses with counterfeit chimneys
and heard from the outside
the inside clink of cocktail ice
while closed doors broke the world -
and over it all a savage sickle moon
that bummed my eyes with bones of light.
I have slept in glaring swamps
where musk-reek rose
to mix with the sex smell of rotting cypress stumps
where witch fire clung in sunken
psycho spheres of baptism -
and heard the suck of shadows
where a gutted columned house
leeched with vines
speaks to an overhung mushroom sky
I have fed dimes to cold machines
in all night filling stations
while traffic in a mad and flowing flame,
streaked red in six lanes of darkness,
and breathed the cleaver hitchhike wind
within the breakdown lane with thumb levelled
and saw shadowed faces made complacent
with heaters behind safety glass
faces that rose like complacent moons
in riven monster orbits.
and in a sudden jugular flash
cold as the center of a sun
I forced a girl in a field of wheat
and left her sprawled with the virgin bread
a savage sacrifice
and a sign to those who creep in
fixed ways:
I am a dark man.

* * *


Stephen King
El Hombre Oscuro
Publicado en "Ubris", 1969 y más tarde en Moth, 1970.

He cruzado el humeante camino
de senderos martillados por el sol y
he despedazado cenizas;
he montado ferrocarriles
y he sableado severidad en el
pórtico silencioso del interior de la selva:
Soy un hombre oscuro.
He montado ferrocarriles,
y he pasado la fanfarronería
de las desesperadas casas con falsas chimeneas
y he oído desde el exterior
el tintineo de un cubito de hielo
mientras las puertas cerradas rompían el mundo...
y sobre todo ello, una luna con una hoz salvaje
sableaba mis ojos con huesos de luz.
He dormido en evidentes pantanos
donde el tufo de almizcle
se mezcla con el olor sexual de los podridos cipreses
donde el fuego de bruja se aferra a hundidas
psico-esferas del bautismo...
y he oído el suspiro de las sombras
en una destripada casa de columnas,
la sanguijuela con vides
habla a un sobresaliente cielo de champiñón.
He alimentado con monedas de diez centavos a las máquinas
en todas las gasolineras de la noche
mientras el tráfico en una loca y fluida llama,
he manchado de rojo seis veredas de oscuridad
y he respirado el cortante viento autoestopista,
en el arcén con el pulgar levantado,
y vi ensombrecidas caras satisfechas
con calentadores detrás de las gafas de seguridad,
caras sonrojadas como lunas satisfechas
en hendidas órbitas monstruosas,
y en un repentino destello de la yugular,
frío como el centro de un sol,
forcé a una chica en un campo de trigo
y la dejé desgarbada junto con pan virgen,
un sacrificio salvaje
y un signo de aquellos que se arrastran
en fijos caminos:
Soy un hombre oscuro.

-

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