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miércoles, 9 de julio de 2008

EL CRIMEN DEL TIO BONIFACIO -- GUY DE MAUPASSANT -- EL AMOR

EL CRIMEN DEL TIO BONIFACIO -- GUY DE MAUPASSANT -- EL AMOR
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EL CRIMEN DEL TIO BONIFACIO

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Aquel día repasando la correspondencia el peatón Bonifacio, al salir de correos, alegróse al calcular que su caminata sería más corta que de costumbre. A su cargo estaba toda la extensa campiña de Vireville, y al volver a su casa muchas noches lleveba recorridos más de cuarenta kilómetros.
Por ventura, aquel día el reparto era fácil, y sin apresuramiento podría estar en su casa, descansando, a las tres de la tarde.
Salió por el camino a seunemare, y emprezó su recorrido. Era en pleno Junio, el mes verde y fecundo, el mes de las cosechas.
Con su blusa azul, y su quepis negro galoneado de rojo, atravesaba por veredas angostas los campos de verduras, de avena o de trigo, asomado por menos de medio cuerpo sobre las mieses; su cabeza parecía flotar en el mar de espigas que una brisa ligera ondulaba.
Entrando por las puertas de las corralizas, generalmente sombreadas por dos filas de cipreses, saludaba por su nombre a cada campesino: “Buenos días, señor Chicot”, y le alargaba su periódico, Le Petit Normand. El campesino se limpiaba la mano en la trasera de los pantalones, cogía el papel y se lo guardaba en el bolsillo para leerlo tranquilamente de sobremesa, durante la velada. El perro, atado a un manzano junto a un tonel que le servía de caseta, ladraba furiosamente haciendo esfuerzos por desasirse; y el peatón, sin volver la cabeza, emprendía su cammino en apostura marcial, sugetando con el brazo izquierdo la cartera y balanceando el derecho al compás de sus zancadas.
Distribuía los periódicos y las cartas en el caserío de Seunemare, y luego, a través de los campos, le llevaba el correo al recaudador, que vivía en una casita aislada.
El nuevo recaudador, Chapatis, era recién casado y se había establecido allí ocho días antes.
Recibía un diario de Paris, y el peatón Bonifacio, cuando no tenía mucha prisa, daba un vistazo al impreso, antes de entregarlo al suscriptor.
Así, pues, como nada le apresuraba, sacó el periódico y, quitándole con cuidado la faja, lo desdobló para leerlo sin dejar de andar. La primera plana le interesaba poco, la política le dejaba frío; pasaba por encima los asuntos de bolsa y administración; pero las noticias y sucesos le apasionaban.
Los había muy sensacionales en aquella fecha. De tal modo le conmovió un crimen cometido en la barca de un guardia campestre, que se detuvo en un campo de trébol para saborear los detalles de su lectura. Eran horrorosos. Al pasar un leñador muy de mañana por delante de la barraca, reparó en unas manchas de sangre que había junto a la puerta, como si le hubiera sangrado a uno la nariz. “El guardia habrá matado un conejo esta noche”, pensó; se acercó y observó que la cerradura estaba forzada.
Entonces corrió asustado para avisar al alcalde del pueblo, el cual se acompañó del alguacil y del maestro. Cuando entraron en la barraca, vieron al guardia degollado junto a la chimenea, a su mujer estrangulada en la cama, y una criatura de seis años ahogada entre los colchones.
El peatón Bonifacio se impresionó de tal manera , pensando en aquel espantoso crimen cuyas terribles circunstancias imaginaba, que sintió un temblor en las piernas, y dijo en voz alta:
—¡Cristo! ¡Hay en el mundo personas muy criminales!
Luego volvió a meter el periódico en la fajilla y avanzó con la cabeza llena de visiones criminales.
Llegó a casa del recaudador Chapatis, y abriendo la reja del jardincillo, se acercó a la puerta.
Las habitaciones estaban todas en el piso bajo. El peatón subió los dos escalones de piedra, y al coger el picaporte, advirtió que la puerta estaba cerrada. Tampoco estaban abiertos los postigos de las ventanas, y esta le hizo suponer que nadie había salido todavía.
Esta idea le intranquilizó, porque Chapatis tenía por costumbre madrugar. Bonifacio sacó su reloj. Eran las siete y media solamente, había llegado una hora más pronto que de costumbre. Sin embargo extrañó que no se hubieran levantado los habitantes de aquella casa.
Anduvo en torno con muchas precauciones y sin hacer ningún ruido, como si temiera; nada extraordinario notó, a no ser unas huellas de pisadas en un cuadro de fresones.
Luego, quedó inmóvil, petrificado por una terrible angustia, delante de una ventana. Oía tenues gemidos.
Intrigado y curioso, se acercó más y aplicó el oído a los cristales. No había duda: eran gemidos, y percibía después claramente suspiros dolorosos, un estertor, un ruido de lucha. Los gemidos aumentaban, se repetían, se acentuaban más; ya eran gritos agudos.
Entonces, Bonifacio, seguro de que allí se cometía un crimen, corrió desesperadamente, atravesando el jardín; se lanzó a través de la llanura pisando las mieses, corrió cuanto pudo hasta llegar extenuado, palpitante, frenético, a la casa-cuartel de los gendarmes.
El sargento Malautour arreglaba una silla rota, clavándole algunas puntas con un martillo. El gendarme Bautier sostenía el mueble averiado y ponía la punta en el sitio donde hacía falta, esperando el martillazo del sargento, que algunas veces le daba en los dedos.
En cuanto los vio, el peatón, gritó:
—¡Corran ustedes! ¡Asesinan al recaudador! ¡Corran, corran ustedes!
Los dos hombres interrumpieron su trabajo y levantaron la cabeza, mostrando en sus rostros la expresión de personas que se ven de pronto molestadas.
Bonifacio, viéndolos más sorprendidos que apresurados, insistió:
—¡De prisa! ¡Los ladrones aún están allí! ¡He oído los gritos! ¡Pronto!
El sargento, después de soltar el martillo, preguntó:
—¿Cómo te has enterado de lo que dices?
El peatón repuso:
—Iba a llevar el periódico y dos cartas, cuando reparé que todo estaba cerrado y que el recaudador no había salido aún. Dando la vuelta a la casa para cerciorarme bien, oí gemidos, como si ahogaran o degollaran a una persona. Y vine corriendo a dar aviso. No hay tiempo que perder.
El sargento preguntó:
—¿Y no se te ha ocurrido auxiliar a la víctima?
—Temí no ser suficiente por el número...
Entonces el sargento pausadamente, añadió:
—Voy a vestirme y a armarme.
Y entró en la casa-cuartel seguido por el gendarme, que llevaba la silla.
Pronto salieron, y los tres se encaminaron hacia el lugar del crimen a paso ligero.
Y cerca de la casa tomaron precauciones; el sargento empuñó su revólver, y entrando en el jardín sigilosamente, llegaron a la puerta. No había el menor indicio de que los criminales hubiesen huido; todo estaba cerrado aún.
—¡Ya los tenemos! —insinuó el sargento en voz baja.
El peatón, los hizo aproximar a la ventana donde se oían los gemidos.
—Allí es.
Y el sargento se adelantó solo, aplicando a los cristales el oído. Los otros dos aguardaron, dispuestos a todo, con la vista clavada en él.
Escuchaba, inmóvil. Se había quitado el tricornio para poder acercar más la cabeza.
¿Qué oía? Su rostro impasible no revelaba nada; pero, de pronto, sus bigotes se erizaron, sus mejillas se contrajeron como para contener la risa, y abandonando su espionaje, se acercó a los dos hombres, que le miraban asombrados.
Luego les indicó que le siguieran, andando de puntillas, y , acercándose a la fachada principal, dijo al peatón que metiese por debajo de la puerta el periódico y las cartas.
El peatón, asombrado, ejecutó dócilmente lo que le ordenaban.
—Y ahora volvámonos tranquilamente.
Cuando estuvieron en la carretera, encarándose con Bonifacio, con expresión burlona, con un gesto malicioso y los ojos brillantes de alegría exclamó:
—¡La cosa tiene gracia!
—¿Qué? Juro haber oído sollozos y estertores de angustia. ¿Qué pasa?
Pero el sargento soltó el trapo, riéndose a carcajadas. Reía sofocándose, con las dos manos en el vientre; reía con toda su alma, gesticulando, llorando, sonándose. Y los otros dos le miraban con asombro.
Y como la risa no le permitía hablar, ni dejaba de reír, para dar a entender lo que sucedía en casa del recaudador recién casado y recién establecido, hizo un movimiento popular y canallesco.
Tampoco le comprendieron, y lo repitió varias veces , designando con la cabeza la casa cerrada.
El gendarme comprendió al fin, y rió, como su jefe, a todo trapo.
El peatón estaba como estúpido entre aquellos dos hombres que se retorcían de risa.
Cuando el sargento pudo hablar dando una palmada en el vientre de Bonifacio dijo:
—¡Bromista! ¡No me olvidaré nunca del crimen de Bonifacio!
El peatón, abriendo los ojos desmesuradamente, repetía:
—¡Juro haber oído sollozos y estertores de angustia!
El sargento, ante aquella cómica gravedad, soltó de nuevo el trapo, y el gendarme se sentó en la cuneta para reír más a gusto.
—¡Ah! Juras haber oído sollozos... Y, cuando asesinas a tu mujer, ¿No solloza?
—¿Mi mujer?...
Reflexionó, y luego dijo:
—Sí; cuando le zurro la badana, grita; pero son otros gritos. ¿Acaso zurraba el recaudador a la suya?
Entonces el sargento, delirante ya de alegría ruidosa, le hizo girar como un muñeco y le dijo al oído algunas palabras que acabaron de sorprender a Bonifacio, el cual, pensativo, murmuró:
—No...; así, nunca... La mía no dice nada... Yo no hubiera supuesto jamás que... Será posible... Pero me pareció que ahogaban a uno...
Y, confuso, avergonzado, prosiguió su camino por las veredas, a través de las mieses, mientras el sargento y el gendarme dejaban de reír algún momento para lanzarle a gritos bromas de cuartel, en tanto que se alejaba su quepís negro, galonado de rojo, sobre aquel mar de doradas espigas.


CONDECORADO -- GUY DE MAUPASSANT -- CRIMENES DEL AMOR

CONDECORADO -- GUY DE MAUPASSANT -- CRIMENES DEL AMOR

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CONDECORADO

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Hay personas que nacen con un instinto, una vocación o, sencillamente, un deseo especial que despierta en cuanto principian a balbucir y a pensar.
El señor Sacrement, desde su infancia, tuvo una idea fija: ser condecorado. Muy niño aún, prefería siempre a los quepis, a los fusiles y espadas, las cruces de la Legión de Honor, hechas de plomo, y saludando a su mamá como un caballero, arqueaba mucho el pecho para lucir el colgajo.
No bastándole su aplicación -o su inteligencia- para conseguir el título de bachiller y queriendo emplear en algo su vida, siendo rico pudo casarse con una hermosa muchacha.
Vivían en París como burgueses distinguidos, pero sin trato social, orgullosos de conocer a un diputado, a su entender futuro ministro, y a dos o tres jefes de sección.
Pero la idea fija que Sacrement concibió en su infancia no lo abandonaba, y sentíase humillado no pudiendo lucir en el ojal de su levita el menudo lazo rojo.
Los caballeros condecorados que se cruzaban con Sacrement en el bulevar lo angustiaban. Al mirar sus ojales adornados, lo roía un desasosiego celoso. Algunas tardes, mientras paseaba sus constantes ocios, se decía:
"A ver cuántos encuentro desde la Magdalena hasta la calle Drouot".
Despacio, inspeccionaba todos los pechos con ojos perspicaces, muy acostumbrados a descubrir la cinta roja desde lejos. Llegando al fin de su camino, se asombraba siempre de las cifras.
"¡Nueve oficiales y dieciséis caballeros! ¡Me resultan muchos! ¡Prodigan estúpidamente las condecoraciones! A ver cuántos encuentro ahora".
Y volvía lentamente, desesperándose cuando una muchedumbre apresurada interrumpía su minuciosa investigación, haciéndole tal vez pasar alguno por alto.
Sabía en qué barrios abundan más. En el del Palais Royal son frecuentes. En la avenida de la Opera no hay tantos como en la calle de la Paz. La derecha del bulevar está mejor frecuentada que la izquierda.
También era indudable que los condecorados preferían ciertos cafés y ciertos espectáculos. Cuando el señor Sacrement veía un grupo de señores de cierta edad, parados en las aceras, interrumpiendo el paso, imaginaba:
"Son oficiales de la Legión de Honor".
Y lanzábase al arrollo con deseo de saludarlos.
Los oficiales -había hecho esta observación mil veces- tienen otro porte que los sencillos caballeros; yerguen la cabeza de un modo particular. A la legua se nota que su categoría es muy diferente, que disfrutan de una consideración más elevada.
En algunas ocasiones también le acometía el furor contra todos los condecorados, manifestando una especie de odio socialista.
Y al volver a su casa, rabioso de haberse tropezado con tantísimo cintajo -como lo estaría un hambriento después de pasar frente a las vitrinas llenas de manjares- decía descomponiéndose de gesto y de voz:
-¿Cuándo nos veremos libres de un Gobierno tan cochino?
Su mujer, sorprendida, le preguntaba:
-¿Qué te sucede?
Y él respondía:
-Me sucede, que ya estoy harto de ver tanta injusticia. ¡Oh, cuánta razón tenían los comunalistas!
Después de comer salía... y se paraba, contemplando las cruces en los escaparates de los comercios. Detenidamente, iba examinando todos aquellos emblemas de formas distintas y variados colores. Hubiera querido tenerlas todas y, en una ceremonia pública, en un salón inmenso, ante una muchedumbre maravillada, lucirlas a la cabeza de un cortejo prendidas todas en los delanteros de una casaca, resplandeciendo como una estrella y entre los rumores de admiración y respeto.
Pero ¡ay! ¡No tenía un miserable título que lo hiciese acreedor a ser condecorado!
Meditaba:
"La Legión de honor es muy difícil de conseguir para un hombre que no desempeña cargos públicos. ¿Y si me propusiera obtener las Palmas académicas?".
No sabiendo cómo intentarlo, confió a su mujer aquellos proyectos. Al oírlo, quedose la señora estupefacta.
-¿Oficial de Academia, tú?... ¿Qué méritos hiciste?
Él se descompuso:
-¡Precisamente! Quiero saber qué méritos he de hacer para lograrlo. Antes de contestar, reflexiona lo que te dicen. Hay momentos en que pareces una estúpida.
Ella sonrió:
-Es verdad. Pero ignoro eso que tú no sabes tampoco.
Él llevaba su propósito:
-Si lo preguntases al diputado Rosselin, acaso nos diese una idea luminosa. Comprenderás que no sería decoroso en mí abordar esas conversaciones. En cambio, una mujer puede preguntarlo todo; a nadie le extraña.
La señora cumplió el encargo. El diputado Rosselin prometió recomendar el asunto al ministro. Y como el señor Sacrement no lo dejaba en paz, el diputado Rosselin, harto de soportar sus impertinencias, le dijo que hiciera una instancia enumerando sus méritos.
¿Qué méritos? Era preciso justificar algunos.
Y preparó un folleto acerca del Derecho del pueblo a ser instruido. No lo pudo acabar por falta de conocimientos.
Buscó asuntos más fáciles, intentando sucesivamente dos o tres. El primero: Instrucción de los niños por la simple vista. Proponía que se fundaran en los barrios pobres una especie de teatros gratuitos para las criaturas. Los padres los acompañarían desde la más tierna edad, y valiéndose de proyecciones de linterna mágica, se les facilitarían las nociones de todos los conocimientos humanos. Los ojos, instruyendo al cerebro, fijarían las imágenes en la memoria.
¿No sería bien sencillo enseñar así Historia, Geografía, Botánica, Física, Zoología, Anatomía, etc.?
Hizo imprimir el folleto y envió un ejemplar a cada diputado, diez a cada ministro, cincuenta al presidente de la República, diez a los diarios de París y cinco a los de provincias.
En otro estudio, trató de las Bibliotecas ambulantes, proponiendo al Estado la fundación de un servicio a domicilio, hecho en carros muy semejantes a los que llevan los verduleros y fruteros.
Cada ciudadano tendría derecho a que le sirvieran para su lectura diez volúmenes mensuales, pagando cinco céntimos nada más.
"El pueblo -sostenía el señor Sacrement en su folleto- sólo se molesta para sus placeres. Puesto que no busca la instrucción, la instrucción ha de ir a buscarle".
Nadie se ocupó de sus opúsculos. Pero el autor hizo su instancia y le contestaron diciendo que se tomaría nota y se instruiría el expediente.
Aguardó creyéndolo cosa hecha...
Nada le comunicaban.
Dicidiose a presentarse y solicitó audiencia del ministro de Instrucción Pública. Fue recibido por un oficial de secretaría, el cual auguró al solicitante que su pretensión era bien acogida y que la fortaleciese con estudios nuevos y nuevas publicaciones. Así lo hizo el señor Sacrement.
Al mismo tiempo, el diputado Rosselin -que por lo visto iba interesándose ya por su gloria- le dio algunos consejos prácticos y excelentes. También él estaba condecorado, lucía en el ojal un lacito rojo, sin haberse dado cuenta de los motivos que determinaron una distinción tan apetecida.
El diputado Rosselin, frecuentando mucho la casa del señor Sacrement, le indicó estudios nuevos y lo presentó en sociedades especialmente consagradas a dilucidar oscuros problemas científicos para obtener honoríficas recompensas. Hasta en el Ministerio lo apadrinó.
Y un día que almorzaba con el matrimonio -lo cual era ya frecuente-, dijo el diputado Rosselin al señor Sacrement, estrechándole una mano:
He conseguido para usted algo de mucha importancia. El Comité de trabajos históricos le comisiona para que busque documentos relativos a un asunto en varias bibliotecas de Francia.
El señor Sacrement, emocionado, ya no pudo seguir comiendo.
A los ocho días emprendió su viaje.
Fue de ciudad en ciudad estudiando los catálogos, rebuscando en los desvanes de las bibliotecas atestados de librotes polvorientos, víctima de la odiosidad de los bibliotecarios.
Pero hallándose en Ruán una noche, sintió de pronto ansias de acariciar a su mujer, y tomó el tren de las nueve, que le permitiría llegar antes del amanecer a su casa.
Llevaba una llave de la puerta. Entró con sigilo, estremeciéndose de placer, gozoso de la sorpresa que preparaba. Su mujer se había cerrado por dentro en su alcoba. ¡Qué fastidio!
Entonces el señor Sacrement gritó, golpeando la puerta:
-¡Yo soy! ¡Juana!
Ella debió de sentir una impresión muy terrible, porque la oyó saltar de la cama y hablar en voz alta como cuando se padece una pesadilla. Luego, entró en su tocador, abriéndolo y cerrándolo precipitadamente, hizo muchas evoluciones por el cuarto, yendo y viniendo con los pies desnudos.
Al fin, preguntó:
-¿De veras eres tú, Alejandro?
-Sí, mujer; yo soy. ¡Abre!
Abriose la puerta, y la mujer se arrojó en brazos del marido, balbuciendo:
-¡Ah! ¡Qué miedo! ¡Qué sorpresa! ¡Qué alegría!
El señor Sacrement, como de costumbre, comenzó a desnudarse metódicamente.
Luego descubrió, sobre una silla, el abrigo que solía dejar en el perchero, y cogiéndolo, se quedó asombrado al ver lucir una cinta roja en el ojal de la solapa.
Tartamudeó:
-Este... este..., este abrigo... ¡está... condecorado!
Su mujer, de un brinco, lanzose hacia él queriéndole quitar de las manos aquella prenda:
-No; deja; te equivocas... Dámelo.
Pero el señor Sacrement, teniéndolo bien agarrado, como un loco, repetía:
-¿Por qué? ¿Por qué? Tú lo sabes; ¿qué abrigo es éste? No es el mío, puesto que lleva la cinta de la Legión de Honor.
Ella procuraba por todos los medios arrancárselo, descompuesta y turbada:
-Óyeme... Atiéndeme... Déjalo... No me hagas hablar... Es un secreto... Un secreto...
Él, incomodándose, palidecía:
-¡Necesito saber qué hace aquí ese abrigo, que no es el mío!
La mujer, entonces, le dijo al oído:
-Sí... Calla..., júrame ser prudente... Escucha... ¡Sí!... ¡Estás condecorado!
Sacudiole de tal modo su emoción que, soltando el abrigo, fue a desplomarse sobre un sofá.
-Que yo estoy... ¿Dices que... me han condecorado?
-Sí... Es un secreto... Un secreto.
Entre tanto, guardaba el abrigo en un armario, bajo llave, y volviéndose hacia su marido, temblorosa y pálida, prosiguió:
-Sí; es un abrigo que te mandé hacer para sorprenderte. Pero había jurado no decirte nada. Tu nombramiento no será oficial hasta que pase un mes o mes y medio, cuando termines tu comisión histórica. No debía decírtelo hasta entonces. El diputado Rosselin ha obtenido para ti ese honor.
El señor Sacrement, desfallecido, balbuceó:
-Rosselin... Rosselin... Condecorado... Me ha condecorado... A mí..., él... ¡Ah!
Tuvo que beber agua para calmarse.
Una tarjeta yacía en el suelo. El señor Sacrement la recogió, leyendo en ella:
Armando Rosselin
Diputado
-¡Lo estás viendo! ¡Inocente! -dijo la mujer. Entonces él rompió a llorar de alegría.
Y a la semana siguiente anunciaba el Diario Oficial que el señor Sacrement era nombrado caballero de la Legión de Honor, en virtud de los servicios excepcionales prestados por él mismo.

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